Pennywise + End It + Soulcrusher @ Coliseu Dos Recreios (Lisboa)
30 de Junio 2026
Veinte años son demasiados para cualquier banda que presume de tener una legión de seguidores fieles. Por eso el regreso de Pennywise a Portugal tenía algo de acontecimiento. Dos décadas después de su última visita, el cuarteto californiano volvió a pisar Lisboa dentro de una gira de salas que, más allá de celebrar un legado, está demostrando que siguen siendo una banda plenamente vigente. Porque mientras buena parte del punk melódico de los noventa vive instalado en la nostalgia, Pennywise continúa defendiendo su repertorio con la misma convicción de siempre.
Con End It encargándose de abrir la noche a base de hardcore descarnado, el Coliseu dos Recreios ya presentaba el ambiente de las grandes ocasiones antes incluso de que se apagasen las luces. El público mezclaba a quienes descubrieron a la banda con Unknown Road o About Time y a una nueva generación que ha llegado a ellos muchos años después, pero que canta cada estribillo con la misma pasión.
No hubo introducciones grandilocuentes. Bastó el arranque con “Peaceful Day” para que la sala explotara. Sin apenas conceder un respiro enlazaron “My Own Country” y “Straight Ahead”, dejando claro desde el primer minuto que aquello iba a ser una descarga de hora y media sin concesiones. El pit no tardó en abrirse, comenzaron los primeros stage dives y el Coliseu recuperó esa sensación de caos perfectamente organizado que solo generan las grandes noches de punk rock.
Jim Lindberg sigue siendo uno de esos vocalistas que no necesitan sobreactuar para conectar con la gente. Su presencia resulta cercana, casi humilde, pero basta verle caminar de un lado a otro del escenario para entender por qué sigue siendo uno de los grandes frontmen del género. A su lado, Fletcher Dragge continúa descargando riffs con esa mezcla de precisión y actitud macarra que siempre ha definido el sonido de Pennywise, mientras Byron McMackin y Randy Bradbury sostienen una maquinaria que sigue funcionando con la solidez de hace tres décadas.
La primera mitad del concierto fue un auténtico desfile de clásicos. “Violence Never Ending”, “Same Old Story”, “The World” y “Waiting” mantuvieron la intensidad hasta desembocar en una demoledora “Fuck Authority”, probablemente uno de los momentos más explosivos de la noche. Dos décadas después de su publicación, el tema conserva intacta su capacidad para conectar con un público que sigue encontrando en él un grito de resistencia más que un simple himno generacional.
Hubo incluso espacio para mirar hacia sus propias raíces. El medley dedicado a NOFX y la acelerada versión de “Do What You Want”, de Bad Religion, sirvieron para recordar que Pennywise nunca ha escondido de dónde viene. Su manera de entender el punk siempre ha estado ligada a una comunidad, a una escena y a una forma de vivir la música mucho más colectiva que competitiva.
Ese espíritu sobrevoló toda la actuación. Porque si algo distingue a Pennywise de muchos de sus contemporáneos es que nunca han intentado reinventarse para sobrevivir. Han sobrevivido precisamente porque nunca dejaron de sonar a Pennywise. Tras la muerte de Jason Thirsk, cuando muchos pensaban que el grupo difícilmente volvería a alcanzar el mismo nivel emocional, la banda encontró la manera de seguir adelante sin renunciar a su identidad. Cada concierto sigue llevando implícito un homenaje silencioso a quien fue uno de los pilares fundamentales de su historia, y “Bro Hymn” continúa siendo el momento en que ese recuerdo se transforma en celebración colectiva.
Antes del desenlace todavía hubo tiempo para “Pennywise”, “Society”, “Perfect People” y “Living for Today”, además de una inesperada interpretación de “Stand by Me”, recibida con una enorme sonrisa por parte del público.
Y entonces llegó “Bro Hymn”.
No importa cuántas veces la hayas escuchado. Sigue provocando el mismo efecto. Las primeras notas bastan para que desaparezcan las edades, los idiomas y cualquier diferencia entre quienes ocupan la pista. Brazos sobre los hombros, voces desgarradas y cientos de personas cantando como si aquella canción les perteneciera un poco a todos. Pocas composiciones han trascendido tanto la propia trayectoria de una banda para convertirse en patrimonio sentimental de toda una escena.
Quizá ese sea el mayor triunfo de Pennywise. Mientras muchas formaciones de su generación viven del recuerdo, ellos siguen demostrando que sus canciones no son piezas de museo, sino himnos que continúan encontrando sentido en cada nueva generación de aficionados al punk rock.
Veinte años después, Lisboa volvió a recibirlos como si nunca se hubieran marchado. Y la sensación al abandonar el Coliseu era tan sencilla como incontestable: algunas bandas envejecen; otras, simplemente, siguen siendo necesarias.




































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































